Reivindiquemos su uso. Volvamos a ellas. Llenémoslas de nuevo.
Los recuerdos de mi infancia empiezan y acaban en la biblioteca. Como si hubiera dedicado toda mi vida a venerar este lugar. Recuerdo salir del colegio con mis amigas y pasar las horas riendo, leyendo y explorando los largos pasillos de madera. Recuerdo, también, que nos prohibían subir a las plantas de arriba «porque son para los mayores. Ya subiréis cuando crezcáis un poco más. Si no, volved con algún adulto.» Un día, subí sola, a escondidas. Mi primera expedición. Mis primeras palpitaciones. Los peldaños crujían a cada paso y me pareció el camino más largo jamás recorrido por nadie en la historia del mundo mundial, ama– le dije a mi madre cuando llegué a casa. La escalera era de caracol y podía ver que, cada vez, me acercaba un poco más a los pasillos nunca antes descubiertos. Tierras yermas. Países deshabitados. Solo necesité llegar para descubrir que, efectivamente, las bibliotecas y yo seríamos mejores amigas por siempre. Allí estaba todo lo que deseaba. Todo lo que, sin conocer, echaba de menos. Allí estaban mis primeras veces. Mis literarias primeras veces. Al día siguiente volví con mi amama para que me ayudara a llevarme prestados todos los libros que quisiera. Volví a casa con dos bolsas porque aquel día a la bibliotecaria debí de parecerle muy simpática y decidió saltarse la norma de «solo tres libros por préstamo».
Desde entonces, vuelvo a la biblioteca siempre que puedo. No importa dónde esté. Vuelvo porque, más allá de los libros, veo en ellas un espacio dedicado a la cultura, a la literatura y a la calma. Lejos de todo lo que ocurre afuera. Lejos de la rapidez. Del caos. De la barbarie. Me gusta pensar que aún hay espacios que ofrecen recurso y refugio a aquel que lo necesita. Espacios que tejen redes sociales, que construyen comunidades. Porque la cultura y los espacios son de todas. Recuerdo a los amigos de biblioteca. Las conexiones. La magia.
Ahora vivo en Madrid y todo es distinto. No he memorizado aún los pasillos. Los libros están en otro idioma. Me pierdo en el camino. Pero me he acostumbrado. Me gusta. La escalera ya no cruje y puedo subir y bajar a mis anchas, sin tener que pedirle rescate a mi amama. Pero ya no voy con mis amigas. Ya no hay niñas. En realidad, ya no hay (casi) nadie. A veces me veo recorriendo sola los interminables pasillos repletos de historias y pienso en por qué será que no hay nadie. Por qué será que han pasado a ser edificios olvidados, si para mí siempre fueron centro neurálgico. Hogar. Comunidad.
Quizá sea esta era de la dictadura capitalista, del consumo constante, inconsciente, la que vacía estos espacios. Quizá tendamos a desestimar la literatura. A ignorar todo lo no-productivo. A nadie le interesa ya que se pueda leer sin pagar. ¿A quién beneficia? Hay que pensar en economía, en negocio, en más, más, más. Entonces nadie habla de las bibliotecas. Entonces los libros se empolvan y los pasillos se vacían y cuando alguna vez toso se produce eco, eco, eco. Entonces tampoco hay niñes en los cuentacuentos, no hay gente leyendo, buscando, navegando en ordenadores libres.
Vivimos aislados y lo he aprendido tanto dentro como fuera de los libros. La comunidad ha perdido el sentido. Con las bibliotecas, ha pasado igual que con los mercados, con la ferretería, con el verdulero. La oportunidad de tejer redes sociales, de conectar con la comunidad, de hacer uso de espacios públicos, ha sido reemplazada por la cadena, el monopolio y la explotación de recursos.
Cuando era niña iba al mercado con mi amama. Comprábamos fruta en la frutería, pescado en la pescadería y pan en la panadería. Así, para el mediodía, ya habíamos pasado por tres comercios, tres núcleos sociales, tres vidas. Y nos conocíamos todos. Y nos preguntábamos. Y nadie estaba solo (nos preguntamos mucha de donde vendrá esta «epidemia de la soledad» sin reparar en estas costumbres olvidadas). Pero todos los locales cerraron y cuando ahora la acompaño tenemos que ir al supermercado y me dice mi amama que qué pena: que ya no se saben su nombre. Que nadie le prepara la fruta que le gusta ni la merluza como le conviene. También íbamos a la biblioteca de su pueblo juntas. Y también la bibliotecaria me conocía y me recomendaba lecturas. Pero ahora ya nadie va allí y los libros se compran, se pagan, se adquieren, se consumen. El problema es que ese no es un modelo sostenible. No lo es porque demuestra nuestra necesidad de poseer las cosas, de sentir que aquello que tenemos entre las manos es de nuestra propiedad. Nuestro y solo nuestro. ¿Y cómo cambiar este pensamiento si para ello hemos de educarnos en lecturas que no podemos costear? Círculo forzoso. Entonces decimos no leer por falta de recursos. Pero hay sistemas públicos que nos lo permiten. Aquí se rompe el bucle. Podemos salir de la excusa y de lo cómodo. Me agita pensar cómo estos espacios han dejado de formar parte de nuestro imaginario. Tampoco es sostenible el modelo de posesión en cuanto a la pérdida de comunidad. Rompemos lazos con pueblos, barrios, vecinos. Participamos de dinámicas que se alejan de todo aquello que los espacios públicos buscan alcanzar. No sabemos con quién vivimos. No sabemos si nuestra vecina del quinto tiene ese nosequé que necesitamos solo hoy y que no volveremos a usar. No sabemos si en la mercería de la esquina venden ese nosecuantos que compras en los grandes almacenes. No compartimos, no nos ayudamos. ¡No nos vemos!
Hoy echo de menos todo eso. Echo de menos entrar a la biblioteca y saludar por su nombre a la bibliotecaria. Hablar con las usuarias más comunes, con las trabajadoras. Echo de menos la magia de las risas de las niñas. Las primeras búsquedas en el internet público. La ardua tarea de escoger el libro de la semana. Echo de menos ver vivos a estos espacios y, sobre todo, echo de menos ver a niñas subir a escondidas las escaleras que crujen hasta la segunda planta, creyendo que nadie las ve.
Porque las bibliotecas son mucho más que espacios de lectura. Son comunidad, espacio público.
Reivindiquemos su uso. Volvamos a ellas. Llenémoslas de nuevo.
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Octubre 2025

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