Maria zarrabeitia

Volver a la biblioteca.

Reivindiquemos su uso. Volvamos a ellas. Llenémoslas de nuevo.

Los recuerdos de mi infancia empiezan y acaban en la biblioteca, como si hubiera dedicado toda mi vida a venerar aquel lugar. Recuerdo salir del colegio con mis amigas y caminar hasta allí para pasar incontables horas riendo, leyendo y explorando los largos pasillos de madera. Recuerdo, también, que no se nos permitía subir a las plantas superiores «porque son para los mayores, chicas. Ya subiréis cuando crezcáis un poco más o, si no, con algún adulto.» Yo, un día, subí sola, a escondidas. Mis amigas aguardaban abajo. Los peldaños crujían a cada paso y me pareció el camino más largo jamás recorrido por nadie en la historia del mundo mundial, ama– le dije a mi madre cuando llegué a casa. La escalera era de caracol y podía ver que, cada vez, me acercaba un poco más a los pasillos nunca antes descubiertos. Aquella fue mi primera expedición. Cuando llegué, agradecida por el cesar de los molestos ruidos de la madera antigua que podrían haberme delatado, descubrí que, efectivamente, las bibliotecas y yo seríamos mejores amigas por siempre. Allí estaba todo lo que yo quería leer. Todo lo que en la planta a la que podíamos acceder no había. Allí estaban mis primeras veces. Las novelas leídas, los personajes complejos, los capítulos copiados. Al día siguiente fui con mi amama para que me ayudara a la planta de arriba y poder, así, llevarme prestados todos los libros que quisiera. Volví a casa con dos bolsas porque aquel día a la bibliotecaria debí de parecerle muy simpática y decidió saltarse la norma de «solo tres libros por préstamo».

Desde entonces, vuelvo a la biblioteca siempre que puedo. No importa dónde esté. Vuelvo porque, más allá de darme la oportunidad de leer todo lo que quiera, me tranquiliza saber que hay espacios dedicados a la cultura, al arte de la lectura y a la calma, lejos de todo lo que ocurre afuera. Que hay espacios que ofrecen recurso y refugio a aquel que lo necesite. Espacios que tejen redes sociales, que construyen comunidades. Porque la cultura y los espacios son de todas. Recuerdo a los amigos que me hacía en la biblioteca; algunos eran pasajeros, pero otros los conservo hasta el día de hoy. Aquel lugar era mágico. No solo por lo que ofrecía, sino por las conexiones que se generaban.

Ahora vivo en Madrid y los libros –la mayoría de ellos—están en otro idioma. Me he acostumbrado. Me gusta. La escalera ya no cruje y puedo subir y bajar a mis anchas, sin tener que llamar a un adulto. Pero ya no voy con mis amigas. Ya no hay niñas. En realidad, ya no hay (casi) nadie. A veces me veo recorriendo sola los interminables pasillos repletos de historias y pienso en por qué será que no hay nadie. Me pregunto cuál es la razón por la que ahora sean edificios olvidados si para mí siempre han sido centro neurálgico. Hogar. Comunidad.

Quizá sea que en esta era de la dictadura capitalista, el mundo es un lugar de consumo constante, casi inconsciente. Quizá la literatura haya pasado a ser un arte desestimado, pues todo aquello que no produce beneficios es ignorado u olvidado. A nadie le interesa ya que se pueda leer sin pagar porque, en la lógica capitalista, toda acción ha de ser productiva en el sentido económico (y en todo sentido). Entonces nadie habla de las bibliotecas. Entonces los libros se empolvan y los pasillos se vacían. Entonces, no hay niñes en los cuentacuentos, no hay gente leyendo, haciendo uso de los recursos audiovisuales, periódicos, acceso a internet etc.

Vivimos aislados. La comunidad ha perdido el sentido. Con las bibliotecas, ha pasado igual que con los mercados; la oportunidad de tejer redes sociales, de conectar con la comunidad, de hacer uso de espacios públicos, ha sido reemplazada por la cadena, por el monopolio, la explotación de recursos.

Recuerdo, de pequeña, ir al mercado con mi amama. Comprábamos fruta en la frutería, pescado en la pescadería y pan en la panadería. Así, para la hora de la comida, ya habíamos entablado conversación con tres comerciantes. Y nos conocíamos. Y nos preguntábamos. Y nadie estaba solo. Pero todo aquello cerró y ahora tenemos que ir al supermercado y me dice mi amama que qué pena, que ya no se saben su nombre. También íbamos a la biblioteca, porque en la de su pueblo tenían una serie de libros que a mí me gustaban mucho que yo no tenía en la mía. Y la bibliotecaria me conocía y me recomendaba libros. Peo ahora ya nadie va allí y es más común ver a los lectores en grandes cadenas de librerías comprando sus lecturas. Tampoco los conocen en las tiendas; tampoco les recomiendan. El problema es que ese no es un modelo sostenible.  No lo es porque demuestra nuestra necesidad de poseer las cosas, de sentir que aquello que tenemos entre las manos es de nuestra propiedad. Nuestro y solo nuestro. Pero entonces leemos menos porque no podemos permitirnos comprar tantos libros. Entonces decimos no leer por falta de recursos. Ni siquiera nos acordamos que hay sistemas públicos que nos permiten hacerlo; ha dejado de formar parte de nuestro imaginario. Tampoco es sostenible porque vamos perdiendo el sentido de la comunidad. Rompemos lazos con los pueblos, los barrios, nuestros vecinos. Participamos de dinámicas vitales que se alejan de todo aquello que los espacios públicos buscan instaurar. No sabemos con quién vivimos. No conocemos a aquellos con quienes nos cruzamos todos los días. No nos ayudamos, saludamos, charlamos.

Hoy echo de menos todo eso. Echo de menos entrar a la biblioteca y saludar por su nombre a la bibliotecaria, a las usuarias más comunes, a las trabajadoras. Echo de menos la magia de las risas susurradas de las niñas, las primeras búsquedas en el internet público, la indecisión a la hora de escoger la lectura o película de la semana. La magia de la biblioteca sabe convertir un espacio público en una experiencia de lo más cercana a un hogar. La magia de la biblioteca sabe sacar a relucir lo más preciado de la sociedad, pero solo si se participa de ella. Echo de menos ver vivos a estos espacios y, sobre todo, echo de menos ver a niñas subir a escondidas las escaleras que crujen hasta la segunda planta creyendo que nadie las ve.

Porque las bibliotecas son mucho más que espacios de lectura. Son comunidad, arte y espacio público.

Reivindiquemos su uso. Volvamos a ellas. Llenémoslas de nuevo.

Octubre 2025


Descubre más desde Maria zarrabeitia

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario