Maria zarrabeitia

INTImiDAD

Quisiera despojarme de toda intimidad: hacer público lo más privado; quitarme de ataduras, cargas y secretos; sacar a la luz todo lo que me habita; deshacerme de los huéspedes que me carcomen.

Quisiera despojarme de todo lo que contengo,

De todo lo que soy,

y digo,

y hago,

y contengo

y callo

y grito

y chillo.

Chillar mucho.

Desgarrarme la garganta hasta quedarme sin nada que decir por cientos de años.

Solo así podría caminar como esos que, parece, levitan a cada paso.

Despojarme de toda intimidad,

Eso es todo lo que deseo.

¿Qué quieres ser de mayor?

—Leve.

Vacía, hueca, desierta, cóncava.

Quisiera ser pozo, agujero, cavidad, grieta y surco.

Deshacerme de todo lo que tengo para dejar de ser depósito, recipiente, vasija.

Porque cuando era vieja, tenía unas preciosas arrugas en la frente.

El pelo gris.

Las manos moradas.

Y estaban fuera.

Y no las tenía que contener.

Pero ahora que soy joven, casi niña, queda todo dentro.

Y contengo tantas cosas que solo me queda tragarme el sol y dejarlas expuestas a él para que resequen,

y así sea más fácil despedazarlas,

una vez lo hayan llorado todo.

Por eso deseo más que nunca despojarme de toda intimidad.

De lo único propio que me queda.

Lo único exclusivamente mío.

Mi, mía, mis, mío, míos.

Despojarme también de los artículos posesivos en primera persona.

Deshacerme de todo para que, cuando al final de mi vida, nazca,

mi madre pueda contenerme a mí,

sin estar yo toda llena de cosas que no son nada.

La única manera de vaciarme de intimidad,

es llenarme de ligereza.


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