Maria zarrabeitia

Instrucciones para no disparar a un hombre inocente 10 veces y llamarlo «acción antiterrorista»

Ante la duda, te diría que ocuparas las manos con algo que te guste hacer, no vaya a ser que, en un momento de aburrimiento, decidas disparar.

En realidad no vengo a hablar de esto, aunque un poco sí, y puede que quizá hable de esto siempre que escriba, incluso antes de que nada ocurriera. Porque la escritura es política. El arte, es político. Aunque hable de la luna, del mar o de libélulas: todo es política porque puedo hacerlo. Porque tengo el espacio para ello, porque el mundo me deja, porque soy consciente del privilegio y, porque, mientras escribo sobre la luna, el mar o las libélulas, no estoy disparando a nadie. Me gusta referirme a ello como el arte de ocupar las manos.

Pienso mucho sobre la intencionalidad de las cosas. Sobre el porqué de nuestras acciones. Sobre la necesidad y el deseo. Si pienso en mí misma como una suerte de artista (qué es ser artista es tema de discusión para otro momento), pienso mucho entonces sobre para qué hago lo que hago. Pienso en si no sería mejor hacer algo más: algo más grande, más importante, más profundo, más radical.

¿Qué es la radicalidad?

Quizá hoy sea radical escribir un libro y ocupar el espacio, utilizar tu ocio, disfrutar el tiempo que nos quieren arrebatar. Quizá sea eso más radical que paralizarse y machacarse por no poder ser militante, manifestante, boicoteadora, activista o todo a la vez. Quizá sea el momento de entender que crear cosas es, también, una manera de posicionarse en el mundo. Que decidir tejer un jersey no solo es entretenimiento, sino una postura política activa y muchas veces inconsciente.

Pero me gusta esto de hablar sobre las manos y moverlas, así que hablemos de ello. Porque todas las cosas son la misma cosa y hablar de jerséis también es hablar de fascismo.

Me gustaría mencionar la tesis que Emma Dane York redactó para la Universidad de Saskatchewan y tituló Disorder: Contemporary Fascism and the Crisis in Mental Health. En ella, York habla sobre la clara relación entre salud mental y el auge del fascismo, remontándose al fin de la segunda guerra mundial.

(Creedme que todo esto llega a algún lugar con algún tipo de sentido y relación con las manos)

La autora comienza referenciando el trabajo de reflexión que llevaron a cabo varios filósofos europeos de aquella época: pensadores que indagaron en cómo podía ser posible que una sociedad supuestamente civilizada pudiera perpetuar barbaries y genocidios de tales dimensiones. Aunque York y estos filósofos como Deleuze, Foucuault o Guattari lo relacionaran con la psicología (campo de conocimiento que desconozco y en el que no entraré) y las capas de capitalismo, todo se remonta, en esencia, a la salud mental en todas sus dimensiones. ¿Y qué tiene esto que ver con ocupar las manos y tejer jerséis?

Pues tiene que ver con las manos. Me entusiasma hablar sobre otro estudio dirigido por la Mayo Clinic Study of Aging. Mediante un experimento que sostuvieron en un espacio muy amplio en el tiempo, se reveló que aquellas personas que han participado en actividades artísticas tales como la costura, la talla, la cerámica etc. durante varios años hasta los 80 tienen un 45% menos de posibilidades de desarrollar deterioro cognitivo. Un 45% menos solamente por crear: por mover las manos. Cuando creas cosas con tus manos, comienzan a darse en el mismo tiempo varios procesos distintos, ya que la coordinación bilateral de las manos involucra ambos hemisferios cerebrales, los ritmos repetitivos activan tu sistema nervioso parasimpático etc.

Utilizo esto como puente entre la tesis de York y el (los) tiroteo(s) porque, y la ciencia me respalda en esto (MICOF, 2022), existe una estrecha y clara relación entre las enfermedades mentales y el deterioro cognitivo. Y todo esto nos lleva al fascismo, a la ignorancia, a la incapacidad de pensar críticamente y, sobre todo y sobre todos, a las manos. A las manos que tejen, que esculpen, que pintan, que tocan el piano, que escriben este texto y que deciden leerlo. Nos lleva a las manos entretenidas, a las manos utilizadas, aprovechadas.

Y no sé si esto tiene algo que ver con cómo no disparar a alguien, pero yo creo que sí. A mí al menos se me haría bastante difícil disparar 10 veces (¡10 VECES!) a alguien mientras tejo un bonito jersey a rayas azules y amarillas. Como activista de usar las manos, no puedo más que pedir que todo el mundo empiece a usarlas. Quizá como mecanismo de prevención. Quizá como reivindicación del ocio. Quizá todo sea lo mismo. Pero hay que evitar que las manos se nos aburran. Evitar que, en la desesperación, cometan atrocidades, barbaries y brutalidades. Asegurarnos ese 45% menos de posibilidades de desarrollar disfunción cognitiva. Luchar contra el fascismo.

Crear cosas. Crear con las manos. Moverlas. Tenerlas entretenidas. Diría que esa es, en esencia, la clave para no disparar 10 veces a alguien.


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