Espero a que llegue el coche de mi autoescuela para presentarme al examen práctico de conducir. No lo voy a hacer bien. Repaso –para relajarme– el libro “Silencios” de Tillie Olsen. El prólogo –y la mirada– son de Marta Sanz. Me gusta pensar que hay muchas mujeres escribiendo cosas todo el tiempo, sin descanso. Que hay mujeres ahora y en el 1923 escribiendo en cuadernos que esconden en el cajón de la ropa interior. Bueno, eso solo lo digo yo. Espero que alguien lo corrobore y no parezca ser la única que lo hace.
“Silencios” recoge dos de los ensayos mas conocidos de la escritora canadiense Tillie Olsen; Silencios y Una de Doce. La traducción es de Blanca gago y se publica en la editorial independiente Las Afueras.
Mientras me tiemblan las piernas de los nervios y creo ver el coche azul en el que tengo que montarme, me acuerdo de las bellísimas palabras de Olsen y Sanz. Otros verbos que se hacen otras carnes que se vuelven otros verbos que se encarnizarán en otros cuerpos y sus escrituras. Porque la literatura nace de lo real y construye la realidad. Pero este Audi tampoco es el mío –normal, he llegado una hora y media antes, porque tiendo a la torpeza en momentos decisivos– y recuerdo que Marta escribe mucho sobre la crítica. Sobre el oficio de hablar y comentar algo. Y el hecho de ser una mujer mientras lo hace. Dice, sobre la escritura crítica de esta manera tan admirable que también es un modo de autobiografía y un inevitable emerger de nuestras geografías de la escritura: clase, raza, género y el resto de las cuentas del collar de la vulnerabilidad y la desventaja colectiva frente al discurso hegemónico.
En los ensayos Silencio y Una de Doce, Olsen reflexiona sobre los silencios relacionados con las circunstancias de la creación literaria. Con la relación entre la escritura y la clase, el sexo o el color. La escritora, inscrita dentro de la tradición de radicalismo judío centrado en la lucha por la justicia económica, racial y de género, nos habla de su condición y de la de otras tantas independientemente de las diferencias. Sabe ver mucho más allá de sus vivencias. Y eso la hace magnífica.
Vuelvo a levantar la cabeza para ver si nuestro coche me espera, pero no, y yo –aliviada como nunca antes– vuelvo a mi librito rosa y al silencio. Al mío y al de todas. En su primer breve ensayo hace un repaso de escritores como William Blake, Oscar Wilde o Katherine Anne Porter. Repasa tipos de silencios. Habla sobre los que, tras publicar una obra dejan de escribir, diciendo ¿Acaso estos escritores llevaban dentro una sola obra (…) y el respeto a la literatura era demasiado grande como para repetirse en otras?. Habla también de los silencios desde este punto de vista, escribiendo existe, además, un silencio predominante que solo mencionaré de paso y que surge de la ausencia de creatividad, una vez que esta se esfuma. Hay silencios de censura, los hay de tormento, de los que pasan desapercibidos antes de lograr algo. Hay silencios cuyas vidas nunca se consagran a la escritura, criaturas miltonianas desprovistas de toda gloria: aquellos que deben luchas por su existencia cada hora que pasan despiertos, los de escasa formación, los analfabetos, las mujeres. Me divierte la manera en la que, en esa enumeración, pone a las mujeres justo después de las personas analfabetas, ya que ese gesto involuntario (o completamente consciente) encierra muchas más cosas de las que dice. La maravillosa Olsen lanza esta pregunta que yo también quiero hacer: ¿Acaso la fantasía de un Shakespeare nacido en áfrica –pues al menos uno debe de haber nacido allí– encierra el ritual, la narración oral como realización?
Su segundo ensayo lo titula Una de doce. Olsen lo escribió a partir de los apuntes que tomó para una conferencia en el foro de escritoras del siglo XX de la Asociación de Lenguas Modernas. En esta conferencia se para a reflexionar y analizar la situación de mujer como sujeto escritor y sus condiciones. Afirma que por cuatro o cinco libros escritos por hombres, hay uno solo de mujer. Pero va más allá cuando añade Si hablamos de reconocimiento y nos atenemos a calibrar las supuestas señales del mismo (…) vemos que las mujeres un 8% y los hombres un 92%, es decir, que hay una escritora por cada doce escritores. Y de ahí el título. Me gustaría saber qué ocurrió aquel día, en un gran salón lleno de cientos de mujeres académicas y profesoras cuando Tillie Olsen puso sobre la mesa que son solamente el 8%. Me gustaría saber qué dijeron. SI callaron, si se sorprendieron, si ya lo sabían, si creían ser menos. Me hubiera encantado hablar con ellas y preguntarles qué pasó por sus cabezas. Si sentían que una de doce era lo correcto, si ellas eran de ese uno. Por qué. Ella también se pregunta cosas. Duda. Dice, ¿qué elemento concierne únicamente a las mujeres y crea este abismo respecto a los hombres? Y yo quiero correr al año 1971, abrazar a la canadiense y decirle que lo siento. Que lo siento mucho.
Después procede a reflexionar sobre la condición de mujer, madre, cuidadora, esposa y la manera (inexistente) de conciliación con su ocupación; escribir. El hogar suele erigirse como un núcleo alrededor del cual se construyen el amor y los cuidados personales, mientras que el exterior queda relegado a un segundo término.
En una nota más positiva, quisiera añadir que Olsen se encontraba profundamente preocupada por el hecho de que hay muy poca literatura sobre el modo en que se niega a las niñas el desarrollo de su potencial humano así como por el dato de que muy poco se ha escrito acerca de los daños de inculcar una preocupación constante por la apariencia. Ojalá pudiera decirle que sí, que hoy sí, que realmente hay literatura que habla de esto. Que lo consiguieron. Que somos más que una de doce. Que escribimos y a veces no nos casamos, tenemos hijos, olvidamos nuestras pasiones y morimos en silencio. Sin haber escrito. A veces no pasa, Tillie, a veces no pasa. Termina su ensayo de esta manera tan perfecta, dice (…) hasta quedar a la altura de nuestra capacidad innata: al menos doce por cada una de las mujeres que, ahora mismo, gozan de una reconocida trayectoria literaria. Ojalá sea así. Ojalá doce por cada una. Y no una por cada doce.
Mi coche de la autoescuela ha llegado. Ahora me toca examinarme, en silencio. Tillie siempre me ayuda a relajarme. Me gusta pensar que hay muchas mujeres escribiendo cosas todo el tiempo, sin descanso. Que hay mujeres ahora y en el 1923 escribiendo en cuadernos que esconden en el cajón de la ropa interior. Saber conducir es el primer paso para conocer el mundo. Y hablar. Y no quedarme en silencio. Ser doce por cada una. Y todas hablando.
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Junio 2025

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