La ciudad escaparate: Prohibido tocar. Prohibido habitar.
Ya lo decía la Internacional Situacionista en sus reflexiones acerca de la psicogeografía y la deriva, también Guy Debord en “La sociedad del espectáculo. Lo decían Adorno y Horkheimer en “La dialéctica de la ilustración”, y ahora es nuestro turno.
Las ciudades como espacios actuales, contemporáneos, no hacen más que alejarse constantemente de la idea de urbanismo “utópico” que nos ronda la cabeza a todes hoy en día. Más allá de (no) ser lugares en los que vivir, estos sitios están empezando a transformarse en espacios de consumo y espectáculo donde la planificación urbana y la representación mediática son elementos centrales. Aunque este fenómeno es algo tan amplio que trasciende nuestra comprensión, sigue careciendo de consecuencias positivas, es más, contribuye a una exclusión social sumamente importante. Estas ciudades contemporáneas que tan de moda están, han sido (y siguen siendo) rediseñadas para atraer a un público selecto como los turistas, consumidores y élites. Pero no es solo eso, sino que la nueva mirada sobre la planificación urbanística limita el acceso a los espacios públicos tanto a los habitantes como a las comunidades más vulnerables. Aun así, y como respuesta a los procesos de resignificación de las ciudades, surgen movimientos sociales que luchan contra este ataque (in)directo, buscando y reclamando urbes más accesibles e inclusivas.
Este ensayo estudia y explora cómo el urbanismo ha pasado de ser un conjunto de conocimientos relacionados con la planificación y desarrollo de las ciudades y de otros núcleos de población (Real Academia Española, 2024) a un mero espectáculo mediático que contribuye a la exclusión de los sectores marginalizados. Al mismo tiempo, analiza el papel de los movimientos sociales y nuevas maneras rebeldes de habitar estos espacios. Y sí, digo rebelde porque nunca nos han enseñado a pasear por las calles en vez de usarlas como autopistas que nos lleven de X a Y. Rebelde porque jamás nos han contado que si compramos fruta en el local de debajo de nuestras casas, estamos creando un impacto positivo en la vitalidad de nuestro barrio y sus vecines. Rebelde porque siempre ha estado mal tomar cerveza con amigues en el parque que más cerca nos queda pero sí que se puede en las terrazas de las grandes cadenas. Rebelde porque todo, absolutamente todo, lo que vaya en contra del capitalismo, los monopolios y la constante producción es motivo de acusación. Y si habitar un barrio de manera que generemos un impacto positivo es rebeldía, entonces espero que muy pronto las calles se llenen de insumisión.
¿Dónde queda la vida -real- de las ciudades, de los barrios? ¿Por qué los espacios públicos parecen intocables, reservados? ¿Para quién están pensadas las calles; para los habitantes o los visitantes? ¿Qué se está haciendo para frenar el auge de estas ciudades cada vez más individualizadas? Debemos tener cuidado o, por el contrario, pronto terminaremos encerrades entre los cristales de las nuevas ciudades escaparate.
La ciudad se ha vuelto espectáculo. Más aún de lo que lo ha sido hasta ahora. Los medios de comunicación están en todas partes y dibujan una idea absolutamente utópica e idealizada de la ciudad; un lugar en el que todo en lo que podamos pensar está al alcance de nuestra mano. Y es que, en parte, es verdad que se nos da todo lo que queremos, porque en realidad ya nadie piensa en la tranquilidad, el silencio o la lentitud. Hoy ya nadie desea mañanas calmadas, espacios verdes, zonas sociales. Solo queremos supermercados grandes, tiendas de ropa y centros comerciales, así que mientras eso sea lo que deseemos, las ciudades nos lo proporcionarán y se referirán a sí mismas como “cumplidoras de sueños”. Y eso será tarea fácil siempre que sigan mandando sobre nuestros deseos. Pero no es nuestra “culpa” desear el consumo; hay todo un sistema que nos acompaña para que creamos necesitar estas cosas cuando en realidad quizá no lo hagamos. Quizá ni si quiera nos guste ir de compras. ¿Cómo es esto posible? Herbert Marcuse, sociólogo y principal figura de la primera etapa de la Escuela de Frankfurt, introduce el concepto del control del deseo sobre su otro concepto “el hombre unidimensional” (conjunto de valores […], de bienestar material y de hábitos cotidianos que la administración totalizadora de las sociedades industriales avanzadas impone, sin comportamientos alternativos, como un pensamiento unidimensional al cual nos tenemos que afiliar (Blackboard, 2024)). El control del deseo es una idea que resalta la manera en la que el capitalismo nos domina, además de a través de bienes materiales, manipulando deseos y necesidades (El hombre unidimensional, 1946). Entre otras cosas, son justamente el entretenimiento y la publicidad las que nos hacen creer que la manera en la que saciar nuestros deseos y necesidades pasa, obligatoriamente, por el consumo de productos y mercancías. Esto está muy ligado a la idea del nuevo urbanismo; una manera de planificar y rediseñar ciudades basadas en el control de nuestro deseo. Ahora que estos espacios son mero espectáculo, la publicidad pasa a ser parte indispensable de la ciudad, afirmando la teoría de Adorno y Horkheimer de que bajo el capitalismo, propaganda política, publicidad y cultura eran la misma cosa (Horkheimer & Adorno, 2018).
En el año 1944, los filósofos Theodor Adorno y Max Horkheimer escriben la obra “La Dialéctica de la Ilustración”, en la que dicen Pero los proyectos urbanísticos, que deberían perpetuar en pequeñas viviendas higiénicas al individuo como ser independiente, lo someten tanto más radicalmente a su contrario, al poder total del capital (Horkheimer & Adorno, 2018, pág. 165). Hace 81 años que se les ocurrió hacer una crítica a la modernidad capitalista basándose en la farsa del urbanismo aparentemente progresista. 81 años en los que parece que no ha cambiado nada. Defienden que la organización social debería promover la autonomía y la libertad, sin embargo, lo ven como un claro sometimiento al capitalismo, al control. Esto ocurre a través de sistemas de sometimiento como la deuda o la renta en el intento de alquilar una vivienda, aun ahora. 81 años en los que parece que no ha cambiado nada.
Vivimos en ciudades escaparate. Ciudades inhabitables. El principal propósito es atraer a un público reducido mientras que los habitantes locales y, en especial, aquellos de más bajos recursos, son expulsados del ideario de la ciudad, quedando relegados a barrios más diferenciados, alejados y muchas veces invisibilizados. Todo esto va de la mano de un fenómeno llamado gentrificación que convierte barrios antes populares en zonas exclusivas para turistas o élites. Este tipo de planificación de ciudades que crea no-lugares (de los que más tarde hablaré) también puede verse en las transformaciones urbanísticas impulsadas por la mercantilización de determinadas zonas. Este concepto se relaciona con la resignificación (y reocupación) de un espacio urbano por parte de una clase socioeconómica pudiente, perjudicando al resto de ellas. Estas últimas, siempre más bajas, se ven expulsadas y excluidas indirectamente mediante la fijación de precios inalcanzables y reformando mecanismos de mercado que no hacen más que desfavorecer las condiciones dignas de vivienda (Onu-Habitat, 2022). Con todo lo que conlleva, termina siendo uno de los procesos urbanísticos más problemáticos en términos de exclusión social. Este proceso implica la transformación física de los espacios, lo que trae consigo una renovación de dinámicas sociales dentro de los barrios. Estos lugares empiezan a representarse como “regenerados” y “modernos”, obviando la pobreza y olvidando, por completo, la exclusión. Esto no solo remodela la ciudad, sino que cambia por completo la narrativa y representación de las mismas, así como el valor de los espacios urbanos. El distrito centro de Madrid alberga 8363 viviendas turísticas, lo que supone un 10% del parque inmobiliario total, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) y la plataforma Airbnb (López, 2024). Esto significa que si al pasear por la calle te pones a contar pisos, uno de cada diez estará vacío o, por el contrario, lleno de gente que se quedará un máximo de 10 días. Será una casa llena, pero nunca habitada. Pero no solo significa eso, porque hemos de pensar que una de cada 10 viviendas no está disponible para que les ciudadanes vivan allí. Una de cada 10 viviendas no puede ser usada para la emancipación de les jóvenes. Una de cada 10 viviendas hace que el precio medio de alquiler ascienda hasta cifras inabordables, absurdas. La ciudad se rompe, se divide, se fragmenta. Madrid ya no es una ciudad, es un puzle compuesto por pequeñas piezas que los visitantes se guardan en el bolsillo y colocan a su antojo.
Una ciudad que no piensa en sus ciudadanos no es una ciudad; es un espectáculo. Los residentes originales son desplazados a barrios marginales y nuevas personas con mayores recursos económicos llegan a sus “exhogares”. La turistificación contribuye, entonces, a la creación de una ciudad que funciona a dos velocidades, una de ricos y otra de pobres. Mientras la primera velocidad cuenta con espacios modernos, exclusivos y privados, la segunda ocurre en barrios marginales, estigmatizados, no mediatizados. Al ocultar esta segunda velocidad, la ciudad se convierte, de nuevo, en un enorme escaparate sin fin.
Este fenómeno se puede ver claramente explicado en la obra de Guy Debord, “La Sociedad del Espectáculo”, donde muestra que la realidad social ha sido reemplazada por su representación mediática, convirtiéndose en un producto de consumo. El fragmento número 170 que escribe Debord dice así:
La necesidad capitalista satisfecha en el urbanismo, en tanto que congelación visible de la vida, puede expresarse – empleando términos hegelianos – como la predominancia absoluta de «la apacible coexistencia del espacio» sobre «el inquieto devenir en la sucesión del tiempo” (Debord, 1967)
Justamente en estas pocas frases el filósofo francés describe la actualidad de nuestras ciudades. Según el francés, estos espacios parecen congelarse bajo el capitalismo, pues se genera un urbanismo que busca la paralización de las calles. Barrios donde nadie se mueve, nadie se sale de la norma, nadie se salta las órdenes ni las rutinas. Es casi como si el capitalismo quisiera parar las calles y el tiempo; que todo se detenga para que así nadie pueda hacer nada que no implique producción o consumo. Algo parecido dice la Internacional Situacionista al escribir que la arquitectura de mañana será un medio para modificar las condiciones actuales de tiempo y de espacio (Situacionista, 1958). Dado que Debord formó parte de la internacional situacionista, muchas de sus ideas confluyen. De la misma manera, la obra “La Revolución de lo Ordinario”dice Se nos solicita, con ello [una ideología concreta], que apaguemos nuestra imaginación, que abdiquemos nuestra libertad y que esperemos, pasivamente, que poco a poco el sistema se auto-regule y mejore la condición de todos (Cannock, 2013, pág. 445) y creo ver una relación entre los dos conceptos. Pudiera ser que la “congelación de la vida” previamente mencionada tenga que ver con esta demanda de pasividad y no-libertad. Quizá el capitalismo en su expresión urbanística busque justamente eso, que apaguemos nuestra imaginación, que abdiquemos nuestra libertad…, para que así pueda ejercer mayor presión sobre nosotros y, retomando a Marcuse, controlar nuestro deseo.
Entendemos entonces que las ciudades contemporáneas son productos culturales y comerciales que buscan únicamente venderse como imagen, como espacios visualmente atractivos. Pero este espectáculo va más allá de las ciudades y empieza a integrarse ya en lugares más personales como nuestras propias casas.
La casa -como todo- en la sociedad del consumo (la sociedad del consumo es la sociedad del espectáculo) está hecho para que usted la vea, y no precisamente para que goce viéndola, sino solo para que, después de haberla visto, pueda hablar -bien- de ella, apruebe lo que ha visto. La sociedad de consumo busca su pasmo y su asentimiento: no su placer, el placer de su cuerpo. (Ibáñez, 2002, pág. 12).
Ibáñez habla en “Por una sociología de la vida cotidiana” de la casa de la misma manera en la que las ciudades se conciben hoy en día: espacios que mirar, observar, comentar. El objetivo nunca es que funcione, que sea agradable o cómoda, es solo un objeto, algo a consumir. Sobre esto, mucho tiene que decir la arquitectura hostil. En ocasiones también referida como arquitectura agresiva o arquitectura antivagabundos (…) se caracteriza por el uso de elementos arquitectónicos y urbanísticos que buscan controlar, limitar o excluir a determinados grupos de personas en un entorno urbano (Arquitectura hostil, 2023). De nuevo, nos encontramos ante maneras de planificar el espacio público que, lejos de invitar a habitarlo, aleja y desvía la atención. Ejemplo de ello son las superficies punzantes, bancos públicos divididos o la iluminación inadecuada. Todas estas medidas se toman de manera plenamente consciente y buscando ahuyentar toda aquella actividad que pueda estropear la imagen que los medios buscan mostrar de la ciudad.
Los medios de comunicación construyen narrativas que convierten el espacio urbano en algo parecido a un set de grabación, una imagen que vender a través de series, películas, programas. Se promueve, de esta manera, una relación para-social con estos espacios, una relación en la que el público se siente cercano a la representación idealizada del espacio público mientras permanece completamente desconectado de lo que ocurre realmente. Probablemente haya muchísimas personas viendo producciones en las que se muestren barrios como apacibles, amables, calmados y generen una relación para-social con los mismos, mientras, en esos mismos barrios, hay cientos de casas vacías, no hay ningún comercio local o no hay espacio donde pararse a descansar. Pero no importa, porque queda bien en la pantalla. Se genera una tremenda desconexión entre el espacio público -real- y su representación en los medios. En el texto “Comunicación de Masas e Interacción para-social”, Horton y Wohl escriben que:
(…) su personalidad [la del personaje] y modos de comportamiento permanecen estables en un mundo de cambios confusos. La persona es normalmente predecible y no ofrece a sus seguidores sorpresas desagradables. En la asociación que mantienen con ella no hay problemas de comprensión o empatía imposibles de resolver (Horton & Wohl, 1956).
Si reemplazáramos al personaje que está al otro lado de la relación por el concepto de la ciudad mostrada como deseable, este texto tendría gran sentido. El espacio urbano que aparece en los medios está pensado para, de alguna manera, calmar las masas y poder ofrecer, siempre, una respuesta agradable. Nunca veremos a quienes viven en la calle ser desplazados de los lugares que suelen concurrir porque la arquitectura antivagabundos les ha quitado su sitio. Tampoco veremos los miles de pisos vacíos que hay junto a los miles de habitantes luchando por un hogar. No veremos que determinados barrios solo los frecuentan los turistas o elites. Ni si quiera la cantidad de gente que se ha visto desplazada a barrios mucho más marginales. En esta relación para-social entre el espectador y la ciudad, el segundo elemento es siempre apacible e ideal, siempre agradable y encantador. Quizá si mirasen por la ventana verían que esto no es así.
En este proceso de transformación, aparece de pronto un nuevo fenómeno urbanístico: los “no-lugares.” Son espacios artificiales, sin historia ni contexto. Espacios de tránsito o de paso (pienso en supermercados, aeropuertos, estaciones de nueva construcción) que carecen de carácter emocional, social o cultural. Estos espacios suelen ser sitios a los que solo ciertos grupos tienen acceso, por lo que todo el resto de habitantes quedan fuera de la dinámica urbana. Un claro ejemplo de esto son los centros comerciales, pues estos “no-lugares” han sido creados artificialmente con la única intención de promover le consumo sin tener en cuenta la experiencia o la comodidad de quien los frecuenta. Así, se excluye a aquellas personas que demanden un ocio más libre y no consumista. Este concepto conversa directamente con el concepto de alienación de Karl Marx, pues el individuo se ve desconectado de su ser auténtico y del mundo real, viviendo una experiencia que ha sido creada desde la nada e impuesta a la fuerza (Blackboard, 2024).
Pero no todo está perdido. Al igual que la Internacional Situacionista trabajaba la psicogeografía y exploraban el ir “a la deriva” (Blackboard, 2024)
hoy en día hay también muchos movimientos sociales que buscan resistir la lógica mercantilizada de las ciudades. Estos movimientos exigen recuperar el acceso y el control de los espacios públicos, cada vez más privatizados u orientados a los más altos estratos de la sociedad. Luchan, por ejemplo, por la recuperación de los espacios públicos, el derecho a la vivienda, la creación de espacios verdes etc.
El 12 de mayo de 2017 se presenta por primera vez el grupo Inquilinato, presente en Madrid y Barcelona, proclamando que:
El drástico incremento de los precios del alquiler, las garantías cada vez mayores que se nos exigen, la especulación inmobiliaria, los desahucios por impago de renta, la mercantilización de nuestros barrios, nuestra expulsión de ellos, la exclusión del mercado del alquiler de los sectores más desfavorecidos, la proliferación de alquileres turísticos en detrimento de alquileres sociales… Lo que no nos faltan son motivos. Este 12 de mayo, empezamos la creación de un Sindicato de Inquilinas e Inquilinos. Súmate al proceso. (Inquilinas, 2017)
La problemática de los alquileres está directamente ligada (entre otros muchos factores) a esta nueva manera de urbanismo. Un urbanismo que diseña y construye sin poner atención a la habitabilidad.
De habitar también habla un nuevo colectivo de “jóvenes majariegas que busca crear comunidad, ocio alternativo y disfrutar de nuestro entorno” (Habitamos) . Es un colectivo creado alrededor de noviembre del 2024 que busca crear un espacio seguro, anticapitalista y transfeminista. Exploran, también, cómo promover actividades (política, música, arte…) y lograr la movilización de la juventud majariega.
No tanto de habitar pero sí de usar el espacio público se preocupa otro movimiento social llamado “Hogar Sí”, una entidad de iniciativa social, de ámbito estatal, creada en el año 1998 que trabaja por que ninguna persona viva en la calle. En un comunicado realizado, aseguran que, en España, al menos 37.000 personas se encuentran en situación de sinhogarismo (Hogar Sí). Hacen especial hincapié en el término previamente explicado de arquitectura hostil, dando a saber que muchas personas pierden el espacio en el que suelen habitar y deben buscar nuevos lugares en los que establecerse, pudiendo ser estos mucho más peligrosos e insalubres.
Vivimos en ciudades en las que a veces olvidamos que tenemos el derecho y deber de habitar. El derecho y el deber de hacer un uso libre de las urbes, incluso si eso se traduce en rebeldía ante los ojos de una mediatización extrema. El derecho y el deber de vivir en nuestros barrios. Usemos la ciudad para lo que se concibió, para habitarla y compartirla, como en su creación allá por el tiempo de la antigua Grecia, en la que
Los ciudadanos eran brazos remando en un mismo barco, con el objetivo común de impulsarlo hacia delante, como describió Aristóteles. De hecho, la polis, según él, era el único medio por el que un hombre podía alcanzar realmente la eudaimonía. Todo aquel que no se implicara en la vida pública no era una persona completa (Montgomery, Ciudad feliz, 2015)
Sigamos luchando por una ciudad habitable, una ciudad en la que vivir, una ciudad que utilizar. Usémosla, aprovechémosla sin consumir en grandes cadenas, sin pagar alquileres desorbitados, sin ayudar a crear una imagen falsa que no se parece a la realidad. Usemos cada metro cuadrado de la ciudad, que hemos olvidado que nos pertenece. Quizá incluso encontremos algo de arena bajo los adoquines. Revolucionemos el urbanismo de tal manera que se nos olvide que una vez vivimos en ciudades espectáculo, en ciudades escaparte.
Enero 2025

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